El Encuentro

Más que un libro, es una ancha ventana al tema de la inmigración, un punto de referencia, por momentos un espejo y en otros una dolorosa bofetada, para mi una invitación implícita. Rosa y Ernesto (los personajes) entrelazan sus historias por una casualidad que parece no existir y sabe más a destino. Unen sus vidas, sin saberlo, con el hilo rojo de la miseria y la barbarie, la búsqueda de una identidad perdida y la indiferencia con la que viven día a día los impulsados a vivir sueños que parecieran no corresponderles. La novela nos invita a ver más allá de nuestra limitada experiencia, a entender razones ajenas y a medirnos zapatos que nos apretarían hasta la humanidad. 

La autora es Rita Sturam Wirkala, de nacionalidad argentina y residente de la ciudad de la aguja espacial y los altos pinos… Seattle, WA. Entre sus muchas ocupaciones está la de ser maestra de escritura creativa en la biblioteca pública de la ciudad para el grupo de escritores hispanos «Seattle Escribe»  http://www.seattleescribe.org/  y yo, presumo de ser uno de sus orgullosos alumnos. 

Su ultima novela, «Las aguas del KALAHARI» es también la lectura que me ocupa y disfruto en estos días, pero que merece otra breve reseña.

Invitados están, a una lectura maravillosa!

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Manila bárbara

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¡Que relato!

 

Oveja negra

La ciudad de Manila no tiene apellido porque es hija bastarda de malayos hinduístas, de los musulmanes que fundaron el sultanato de Sulú, de los chinos y japoneses que comerciaban con sus pobladores, y del poseedor de la fiebre fundacional católica española, el vasco Miguel López de Legazpi.

Manyla como la llaman los tagalos, no tiene apellido, pero para mi experiencia si tiene un adjetivo: bárbara.
Por primera vez fuera de occidente a mi vida en Manila puedo calificarla de extrema, temeraria, cruel, contradictoriamente grosera y sofisticada, brutal y genial.
Bárbara.
Allí a golpes de hacha dimos forma a nuestra manera de seguir viviendo… juntos.
Perdón pero casi se me escapa decir «en pareja», pero esa relación recién nacida y basada en las jerarquías, se consolidó en Manila con la rigurosidad que un Amo impone a su esclavo.

Extranjeros anónimos y perdidos en la masa de más veinte millones de…

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Querer Morir / La Adicta – de Anne Sexton

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Bellisimo!

Buenos Aires Poetry

LOS POETAS CONFESIONALES EXPLORARON EXPERIENCIAS PSÍQUICAS Y FÍSICAS -LOCURA, SUICIDIO, INCESTO, ODIO, DROGAS, MASTURBACIÓN, MENSTRUACIÓN- REPRIMIDAS POR EL DECORO POÉTICO REINANTE. ANNE SEXTON (1928, NEWTON – 1974, WESTON) EN PARTICULAR TRATÓ EL CUERPO FÍSICO FEMENINO Y SUS FUNCIONES CON UNA FRANQUEZA SORPRENDENTEMENTE NUEVA.

Querer morir

Ya que preguntas, la mayoría de los días no puedo recordar.
Camino en mis vestidos, sin marcas del viaje.
Luegoel casi innombrable deseo regresa.

Aún así no tengo nada contra la vida.
Conozco bien las briznas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto bajo el sol.

Pero los suicidas tienen un lenguaje especial.
Como los carpinteros quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.

Dos veces me he declarado con simpleza,
he poseído al enemigo, me he comido al enemigo,
me he apropiado de su arte, de su magia.

De esta forma, pesada y pensativa,
más…

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Cataclismo en la calle Pine

Me dijiste en un parpadeo más de lo que hubieses querido decir

yo en cambio…

te dije en una mirada menos de lo que te hubiese querido gritar

mis manos en los bolsillos, las tuyas sueltas como ramas

dibujas una media sonrisa, yo solo bajo la mirada

tu paso se torna lento, el mío torpe

ya no estás tan lejos

y en el cruce…

un roce. 

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Seattle en llamas

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Voraz

se alimenta la ciudad,

crece con sus brazos de concreto

aplastando

la virtud primigenia,

creando ecosistemas de opulencia,

de fantasía, de miseria,

de utopía versus realidad.

La ciudad

sigue creciendo

incesante,

fría, húmeda, impaciente

con sus alimañas de acero y largos cuellos

engullendo bosques, lagos

historias, mártires,

relatos y memorias,

lavando culpas

y fortunas,

creando magnífica infraestructura

en pos

de la modernidad.

 

Brillante;

La ciudad parpadea y brilla

luminosa,

se sabe poderosa,

se viste de luces a cada noche

seduciendo una corte

de un  nebuloso palacio imperial.

Y yace,

Intoxicada

en su cuna de montañas,

 abrigada

de un verdor casi fantasmal,

sus torres

se alzan desafiantes,

punzantes,

se extienden los bulevares,

 puentes y calles,

 restaurantes,

 oficinas,

museos, casas y comercios,

plazas como templos,

palacetes,

más palacetes

y más comercios 

de momentos que satisfacen vidas, 

de verdades que saben a mentiras

y  prostitución general. 

 

Entonces;

 

El puerto se abre

apabullante 

con sus gigantes cuervos de hierro amenazante

esperando desembarcar,

 gordos peces flotantes

de Asia, Oceanía

Latinoamérica y Canadá

llegan, ofrendan

y se van.

Al sur,

el aeropuerto

fluyendo de historias, anhelos

con sus miles de divisas y pasaportes

nutriendo la ciudad.

¡Avanza!

El monoriel avanza de prisa

 desde Seatac hasta la impagable universidad,

 los coches, los taxis, camiones

se abalanzan en estampida por la grande avenida

de norte a sur y del sur al norte

cual columna vertebral.

 

 No escuchas?

 

Gritan

los habitantes gritan

frenéticos,

unos vivos y otros muertos

inocentes

e indecentes de indecible notoriedad,

escúchalos gritar

en los estadios fulgurantes,

 conciertos, 

 centros nocturnos,

parques

y calles, hospitales,

de dolor, de algarabía, de hambre,

de justicia

o en las esquinas

 vestidos de pobreza ficticia,

hambrientos de lástima,

de heroína

víctimas de un sistema que nunca es tema,

adormecidos en una brisa tóxica

llamada realidad.

Gritan también

¡Oh sagrada y ejemplar democracia!

en sus marchas

 marcadas de ambigua propaganda

de indiferencia, de verdades cortas

o verdades que queman,

los anarquistas,

 feministas,

 homosexuales,

los de la derecha reclamante y sangrante,

 la izquierda primer-mundista,

la burguesía hipsteriana,

los inconformes,

refugiados, activistas,

 absolutistas, hipócritas,

los políticamente in-correctos,

los blancos, los negros

y los blancos contra negros,

los contra todos,

los que pasaban por ahí,

y… ¡ah! los inmigrantes,

asiáticos, africanos, latinoamericanos

tratando de vivir un sueño que no existe

en la tierra de la mezquina libertad.

Pero siguen gritando

¡Obstinados!

en los jardines de Mercer Island,

 Medina y Madison Park,

en las cocinas,

los taxis,

las construcciones

con su léxico deforme

acariciando sueños de nueve dígitos

con sabor a seguro social.

 

Ronronea,

la ciudad ronronea

como gata embriagada,

mareada de prosperidad,

en sus callejones y debajo de sus puentes

con sus indigentes,

en la avenida Aurora cual caminante seductora

o en la colina con sus bares y cantinas

o en cualquiera de las esquinas

de Pioneer Square.

 

Y se ríe;

 

La ciudad se ríe descarada

no la ves?

porque se sabe idolatrada

por religiosos,

artistas,

liberales y nacionalistas,

por los que nada valen y los que lo valen todo,

la ciudad se alimenta

hambrienta

de sabios e ignorantes

seduce a los audaces,

dividiéndolos

 en etnias, géneros, lenguajes

en razas ¡como perros!

muchos prisioneros

de sus miedos e infortunios

de un gobierno tuerto, manco y mudo

y ciudades que parecen prismas

incapaces de cargar el peso de tanta diversidad.

Pero;

 

La ciudad canta ,la ciudad llora,

la ciudad vive, crea, destruye

y se transforma,

¡vibra!

a cada instante,

a cada inmigrante

a cada risa, a cada estación,

a cada muerte y a cada nacimiento,

a cada marcha y a cada grito de verdad,

a cada inversionista,

a cada orgasmo,

a cada alabanza, 

a cada árbol,

a cada ola de mar.

 

¡Larga vida a la ciudad!

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Flor de iguana

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Fuiste flor de café todas tus mañanas

flor de sigilo cada madrugada

de enaguas vaporosas, rústicas sandalias

fuiste noche de aguardiente

lamento de paisana.

 Olías a pan dulce

albahaca y hierbabuena

a frijoles con totopos y carne de Chinameca

olías a perfume de olvido

Florentina

a fruta madura en la mesa

noche y día.

Larga tu trenza y largas tus costumbres

añeja tu lengua, añejas tus virtudes

fuiste mujer de gruesa corteza

flor de iguana

fuiste voz de milagroso rezo

Guadalupana.

Baila esta sandunga mi flor de tehuana

luce tu ahogador de fina filigrana

brinda con mezcal de amores

abuela mía

brinda por tu muerte, brinda por la vida

que las flores del camposanto

ya no cierran… Florentina.

 

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Arte del maestro Diego Rivera

Relatos de mis múltiples infancias – El Refugio

Capitulo 1 – EL REFUGIO

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Un incontrolable entusiasmo me invadía, no paraba de ver todo el tiempo por la ventana del coche y entonces aparecía ¡el arco! y era tan alto, según yo, que tan solo era un pequeño. Al entrar por el arco de la propiedad varios perros nos recibían, pero lo que más recuerdo era un olor característico que se impregnaba en la ropa, la piel, y sospecho que hasta en la memoria porque aun siento olerlo en mis recuerdos. Entonces salía; alto, robusto, moreno y gritón… el abuelo. Su voz retumbaba en el piso como un trueno; rasposa como lija y dotada de una carcajada desafiante, atrevida. Nos recibía a besos, a abrazos que sabían a bruscos apretones advirtiendo lo inevitable; nos rodeaba entonces con sus brazos de árbol en tramposa argucia para evitar nuestra huida y nos comía las orejas a mordidas con sus dientes desgastados y filosos. Gritábamos, pero su risa era contagiosa y sus cosquillas interminables. Así nos recibía el abuelo a nosotros, sus nietos.

*A tierra húmeda, coco y aguacate, 

a palma y madera, carbon de anafre

huelen mis recuerdos, huelen incesantes*

Don Alfonso Arjona y Zetina había para aquel entonces fincado su residencia en un pequeño pueblo llamado Bacalar (Bakhalal en maya) justo a orillas de la más esplendorosa laguna mexicana, al sur del estado de Quintana Roo y muy cerca de su capital, Chetumal. Nosotros, su familia más cercana vivíamos a tan solo cinco horas en coche y procurábamos visitarlo a menudo. Mis recuerdos son muchos, algunos difusos y otros nítidos como los azules y verdes de la laguna misma. Sus cuentos de serpientes marinas, que me hacían observar desde el mirador de la casa largos ratos buscando una señal, tan solo una de la existencia de semejantes criaturas. Relatos de piratas atacando el fuerte de San Felipe y de los múltiples naufragios con baúles llenos de oros y riquezas esperando ser descubiertos. Sus historias acerca de nuestra procedencia familiar en la España andaluza y medio oriente. Su poesía, sus escritos de viejo melancólico que de alguna forma, me recuerdan tanto a la más nostálgica imagen que guardo de Ernest Hemingway.

*De selva mística y piedra,

de tierra negra y negra la sombra de tus árboles

de jade y turquesa tus aguas, tus aves,

de madera y fango y letras tu sangre,

Bacalar*

De mi abuelo heredé esa quijada puntiaguda, si… esa que hace verme la cara chueca en cualquier foto, también ese tono de piel de azúcar mezclada con canela molida, sus manos largas y expresivas de pianista ¡infinitas! surcadas por protuberantes ríos de sangre hirviente y letras; aun mas hirvientes. Sus pronunciadas entradas en la frente ¡monumentales! que francamente hubiese preferido heredar dinero, pero también heredé parte de su ser; su cinismo, su inteligencia, el trueno de su garganta y ese amor propio que lo hacia ver egoísta, tan él, tan don Alfonso.

*Soy piel de tu piel, voz de tu voz

de tu huella fértil ascendí

bugambilia en flor*

El Refugio era su casa, su palacio y en el te recibía ese arco en la entrada tan inolvidable, la casa estaba rodeada de jardines, árboles por aquí y por allá, sus escalones de piedra te invitaban a entrar y un pasillo serpenteante con columnas y techo de bambú te guiaba a la recepción, no sin antes apreciar un jardín interior rodeado por una especie de cerco de madera que lo protegía. El comedor era grande, con un pequeño teatro al fondo y en sus mesas de madera con sillas de hierro y rojos colchones disfrutábamos una de las tantas dotes del abuelo, cocinar. La casa fungía como hostal y para tal motivo contaba con numerosas habitaciones. La cocina era amplia y desorganizada y en ella el abuelo pasaba hartas horas, que a veces pienso que más que cocina era su taller y que precisamente de ahí emanaba ese olor tan característico que al Refugio distinguía. A veces me parece verlo sentado a media noche en su cocina/taller mezclando hierbas y brebajes, conjurando con el pasado y pactando con las estrellas el incierto futuro, pero algo me dice que no lo consiguió; las estrellas ya estaban muertas. En el pueblo lo llamaban don Tarot, porque leía las cartas cual místico brujo, yo más bien creo que era un charlatán, pero tenia el don de la palabra y con su voz las lanzaba filosas cortando vientos, cambiando mentes y definiendo destinos.

En mis recuerdos mi lugar favorito de la casa era el mirador, redondo, alto y con una vista que arrebataba el aliento. Su alta palapa nos protegía del sol, la lluvia y de la vida misma, parecía que ahí el tiempo transcurría diferente, lento y seguro. Me gustaba sentarme en el barandal de piedra incrustado con ojitos de turquesa que lo rodeaba y soñar, soñar que era yo el rey de ese castillo.

*En aquella casa de arcos y palapas

vive un pájaro brujo de altos vuelos,

dígame, don Tarot, si el aun me ama, 

pero si no, entonces miéntame, que yo

de amor… me muero*

Casi siempre en las mañanas bajábamos en estampida hasta el muelle, la casa se ubicaba en lo alto y un camino de tierra empinado nos dirigía a la laguna de mar, que para mi era como un mar porque esos azules no correspondían a los de una simple laguna. Teníamos que llegar hasta el final del muelle ya que la orilla era fangosa y yo temía desaparecer en el fondo de ese lodo amenazante. Clavados, muchos clavados, nadábamos hasta hartarnos y a veces, el abuelo nos paseaba en su lancha por toda la laguna presumiéndonos sus dominios, sus reinos con sus conquistas, las brechas que abrió a punta de machete y su orgulloso barco de piedra en el canal de los piratas, donde pretendía algún día poner un restaurante, ahí, en medio de la laguna ¡una completa locura! De regreso le gustaba jugar a mover la lancha violentamente de un lado a otro y a que nos hundíamos como sus cuentos de piratas y solo ahí, en ese instante… creía odiarlo.

*Cántame laguna bonita, un bolero de azul  y verde melancolía*

Cuenta la historia, la de mi madre, que el abuelo era un bohemio, cínico y desvergonzado, carismático, audaz y soñador. Cariñoso cuando su orgullo se lo permitía, hombre visionario de arrebatados impulsos, machista pero encantador, padre ausente, un zanate rechoncho de vuelos altos y penetrante graznido, que podía posarse igual en los zapotes como en los framboyanes, egoísta —ya lo dije— y gastalón como el solo. Podía apostar tanto dinero como propiedades, así lo perdía todo y así de la nada, lo recuperaba. Se cuenta que el dinero que ganaba en sus negocios solía esconderlo en latas, en diferentes rincones de cualquiera de sus casas para luego, con su alma embriagada de noche y alcohol regresar a vaciarlas y gastárselo en… da igual. En Veracruz vivían sus mujeres, sus hijos y el groso de su familia. En Bacalar solo él con sus espíritus, sus demonios y la última de sus esposas. Los Faroles y Antojitos Arjona fueron los nombres de sus restaurantes, en los que mi madre y sus hermanos junto a su familia adoptiva trabajaron día y noche, sin descanso y cuyos esfuerzos fueron la base misma de la construcción de su Casa del Refugio, ese que hoy pertenece a manos ingratas.

*Fuiste ave de alas anchas, Alfonso, muy anchas

pero de vuelos cortos, Alfonso, de vuelos cortos*

Mi abuelo hablaba mucho, demasiado, sus ojos eran grandes como dos frutos del almendro y se agrandaban más hablando de su laguna, de su querido Bacalar y de como su querido Refugio fungió como Casa de la Cultura, de sus noches de tertulias con escritores, artistas, empresarios y políticos hoy encumbrados, de como un día llego un joven descalzo desde el vecino Belize, el mismo al que luego vio convertirse en gobernador. Hablaba también de Veracruz, de su blanca ciudad de Mérida y su familia a la que dejo siendo muy joven para aventurarse recorriendo México. De Victoria, de Jose y el resto de sus hermanos, de su familia adoptiva y solo un día, uno de los últimos, hablo de ella, a la que él en sus recuerdos o mentiras llamaba Teresa; mi abuela, la que fue el amor de su vida, la que llego en un barco a México de quien sabe donde y se fue dejando un aura de misterio, tres niños y un corazón roto. Entonces descubrí que el abuelo también lloraba y que los ojos de mi madre le recordaban a ella, el más amado de sus ayeres.

*Te perdono mis noches de madrugada y sal

mis lunas de lamentos, mis olas tristes de mar.

Te ofrendo, si regresas, mis cantos de quetzal

y un barco de piedra en la laguna de Bacalar*

 A veces pienso en el abuelo como un amigo cercano, alguien con quien comparto tantas similitudes que, de repente, me lo imagino vivo, sentado bajo la palapa grande del mirador viendo su laguna y yo junto él, con su risa y yo con la mía, ambas descaradas, atrevidas, alborotando la noche y las palmeras del trópico. A veces lo extraño como extraño su casa, mi castillo; ese Refugio con sus pericos despertándome por las mañanas, con nosotros sus niños corriendo en los pasillos y escondiéndonos bajo arboles de papaya, de orégano y de limón, matando bichos, descubriendo rincones, escondites y si… aun me veo acariciando esos ojitos de turquesa con mis pequeños dedos, imaginándome venciendo a los piratas, a las gigantes serpientes y llevándome en una lancha sobre la laguna un gran tesoro conmigo.

Capítulos anteriores:

https://milenguanativa.com/2018/01/09/nunca-te-fuiste/

https://milenguanativa.com/2019/05/14/relatos-de-mis-multiples-infancias/

https://milenguanativa.com/2019/07/03/relatos-de-mis-multiples-infancias-2/

My Body of Water

My body of water

Evaporates in the breeze

Condenses, accumulates

Falls from the sky in little tears.

Runs free through the rivers

Waterfalls and rapids

Sleeps among the lakes

And plays in hot springs.

Weary of its travels now

Impatient in the low lands

It slips out discreetly

To sleep in calmer waters.

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Translated by… Martin Boyd

Renacimiento

Nací, y otra vez y a partir…

Sigo naciendo a cada equinoccio, a cada solsticio,

a cada tiempo se renueva esta piel de áspera corteza

y recobra su místico brillo de ámbar.

Nací, en un principio,

del bautismo cristiano que no pudo ser

y del otro que fue en aguas de río pedregosas

en las afueras de la ciudad de los santos,

los mismos

que ahora penden orgullosos de mi cuello.

Nací, y otra vez y a partir…

Sigo naciendo a cada luna llena, a cada tormenta

a cada página que leo y a cada otra que escribo

reinventandome en/o historias ajenas,

acertijos,

buscando siempre

la ignota causa primera de mi unidad universal.

Nací sin pretenderlo

un día

del verso más desesperado de Neruda,

de la rosa más fragante del milagro

de Ibarbourou,

de la sonrisa pagana de Hipatia,

de una principesca imagen de melancolía

en Sonatina,

de el Quijote y su lúcida locura,

y

del más onírico delirio de Saint – Exupéry.

Sigo naciendo, sin detenerme,

mutando,

a ratos consciente y en otros, pareciera que dormido,

en piel de serpiente,

ave, cocodrilo,

poesía

o metal.

Y otra vez y a partir…

Sigo naciendo libre y con rima,

fluyo del verso y el universo me aproxima

a la fórmula etérea y por demás arbitraria

de mi creación inmaterial.

Porque antes fuí roca,

y ahora

una quimera

con largos brazos como puentes

o ríos

sobre los que cruzan mis fantasmas,

todo lo que fuí, lo que soy

y la única certeza de lo que un día

seré,

la palabra escrita.

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La barca del cocodrilo – Leonora Carrington

Huesitos de pollo

Acurrucada en mis pies te duermes serena
pero oscuras tus artes y en mi panza despiertas
¿no soy acaso de ti tu almohada predilecta?
¿por qué me castigas, entonces, con tu indiferencia?
y lenta te levantas, mi niña ¡despierta!

Pareces flotar con tus patitas de algodón,
de un mueble a otro saltas cual rayo veloz,
pero nunca te cansas nubecilla ruidosa
y exiges cual reina mi atención, caprichosa.

Me enojo, te escondes, taimada regresas
oscuras tus artes y de un brinco me contentas,
a veces me pregunto si realmente me quieres
¿o son tantos cariños el pago a mis deberes?

Corro, me persigues, te grito y me ladras
te estiro la cola y te jalo las patas
el día languidece y juntos dormitamos
yo en la mecedora, tú en mi regazo.

Eres de mi vida, su altanera dueña
mis manos tu peine y por cuna mis piernas
te aprieto a mi pecho, me comes a besos
como no escribirte ¡mi niña! estos versos.

Para ti son mis cantos que te saben a arrullo
mis breves corajes, mis desvelos nocturnos,
todas mis almohadas y caricias constantes
el sol de las mañanas, la brisa de las tardes.

Por si fuera poco y no menos importante,
te doy mi paciencia ¡mira que es bastante!
también de mi sonrisa te guardo su miel
y estos ojos, que lo sabes, te saben querer
y por ultimo, mi niña, y si te portas bien,
huesitos de pollo al atardecer.

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