Mujer, he recorrido tu piel con mis dedos.
He palpado los cantos de tu cuerpo
como un ciego en los vientos de agosto.
He afianzado mi ancla ante la lluvia postrera del crepúsculo,
donde las picas de cristal avanzaban
con los olores maduros del verano.
Durante las mareas vivas
he sido un refugiado en las bahías de tu cuerpo sedoso.
Y en él he avanzado con el poder de un ejército arrollador,
cuando los segadores recolectaban azucenas blancas y rojas
y cantaban un himno de amor.
Mujer, he besado tus labios en la hora en que dos cuartas crecientes,
giraban como hoces de plata en el rostro
y en el fuego benévolo del sol.
He recorrido tu cuerpo como un ciego
o como un panadero que ha estampado
galaxias de fuego con las puntas de sus dedos al amasar un pan fermentado.
He seguido las flechas del sextante en tus concavidades donde abundan
Las caracolas y las orquídeas azules.
Me he atrincherado en tus simas
con un canto marino en la pleamar.
Y en el horizonte solo han quedado de las nubes
unas telarañas de harina como de un saco roto.
Mujer, he cruzado tus desfiladeros,
con la audacia de un corsario del Mar Caribe
en la hora exacta del perigeo y en el acantilado
donde el día y la noche se besan apasionadamente.
pájaro de cantos y hechizos, la maleza que oculta espectros
bajo los dientes filosos de sus ramas,
un sol que nunca penetra, lunas de sombra inagotable
ocultando un mundo bajo las hojas secas,
mundos sobre los árboles,
mundos sobre sub-mundos, verdes los tropicales
cosmos de criaturas hambrientas, heridas abiertas
de perversa naturaleza alimentándose sin piedad.
Tristeza sobre la tristeza anuncian en sus cantos las aves
verdes de tropicales nostalgias y verde sobre verdes plumajes,
aquí nada se explica y nada se ama y rabiosa se alimenta la existencia
sin esperar nada, temiéndolo todo, niebla constante y etérea
cual delirio de embriagante realidad.
¿Escuchas las criaturas cazar, huir, respirar… temer?
¿Sientes la resina de los árboles arder?
¿No ves acaso, ciego de ti, ignorante de tu instinto, de tus prístinos sentidos, curiosos ojos levitar sobre el oscuro follaje, escudriñando el misterio de tu especie para luego decidir fatal tu destino?
Muerte sobre la muerte, la ignota penumbra bajo las palmas
habitante de todo, dueña de cosmos, cobija de la única esperanza,
amarga verdad, dulce mentira, la muerte caliente y húmeda suspira
en cada piedra, en cada helecho, en cada cause bestial de ríos
y golpe de tormenta, la madre resignada que asesina y furiosa
renueva el ciclo vital.
Verdes que cubren los trópicos, densa la neblina sobre las cumbres
verde se quiere, verde se llora, verde se lamenta, sombra sobre las sombras
salvaje se vive y se mata, salvaje se alimenta la araña, la serpiente y el caimán
salvajes cantan las aves y los monos, salvaje ruge el jaguar
salvaje la mantis devora la inocencia y salvaje el venado busca clemencia
salvajes los salvajes somos bajo esta noche tropical.
Retrato de Guadalupe Amor por el maestro Diego Rivera
……..
Dueña de una prosa única como «dueña de la tinta americana» y de el sinuoso camino que ella misma eligió —o se inventó— para vivir. De si misma escribió las rimas que la convertirían en Pita Amor, la undécima musa, según su amigo, el escritor y poeta Salvador Novo, quien la bautizaría así aludiendo en referencia a la también llamada «décima musa», Sor Juana Inés de la Cruz. Nacería en el seno de una familia de porfiriano abolengo, venida a menos gracias a la expropiación que la revolución mexicana hiciera del principal activo de ésta; la entonces hacienda azucarera San Gabriel de las Palmas. Como la última de los vástagos de una familia en inesperada situación económica, Pita no obtuvo igual esmero en su educación como sus otros seis hermanos, quienes además, no compartían su carácter explosivo y caprichoso. Ya en su tardía juventud —27 años— publicaría el primero de sus libros, Yo soy mi casa, el cual le abrió las puertas al mundo cultural e histriónico de la entonces pujante Ciudad de México. Lo mismo compartió ideas con grandes personajes de la época, escritores, actores, fotógrafos, artistas e intelectuales como Gabriela Mistral, Salvador Dalí, María Felix, Frida Kahlo, Juan Rulfo, Pablo Picasso, Alfonso Reyes y muchos otros, todos los que conformaban la escena en la primera mitad del Siglo XX. Diego Rivera la retrataría incluso en varías ocaciones, una de ellas desnuda, para escándalo de la conservadora familia Amor y la entonces sociedad mexicana.
El objetivo de Pita era claro, buscaba ser el centro de atención y una mojigata pero también efervescente sociedad pos-revolucionaria la recibiría con vítores y críticas, halagos y fuertes señalamientos a su postura tajante de libertad, esa que expresaban tantos sus letras como sus constantes desfiguros. Sus tres libros siguientes, Puerta obstinada, Círculo de angustia y Polvo, la posicionaron como la indiscutible poeta del momento, heredera de un estilo clásico en sincretización irreverente con sus ideas, con la imagen de si misma y el personaje que se creo a partir de su narrativa. En algún momento leí un ensayo refiriéndose a ella como «las dos Pitas», la conservadora católica niña de casa, y la otra, la mujer, la amante, la atormentada de los grandes ojos y expresivos ademanes, gran declamadora de sonetos, décimas y liras y vasta conocedora del Siglo de Oro. No sabemos cual de las dos Pita’s era la poeta, ni quien de las dos sobreviviría a la primera mitad de siglo; no sabemos cual quedaría atrapada bajo la dramática muerte de su único hijo, ni cual deambulaba con senil locura sobre las calles de la Zona Rosa cuajada en extravagante bisutería. Pero si tenemos constancia de su genio y es menester de todos rescatar su obra.
Michael K. Schuessler publicaría en 1986 junto a Elena Poniatowska —sobrina de Pita y escritora del prólogo— una necesaria y estimulante biografía sobre la vida y obra de la poeta. Poco, muy poco se ha escrito de ella y muy difícil es encontrar su obra en las estanterías mexicanas, que decir de otros países. Peor aún cuando se busca precisamente la reivindicación de la posición femenina y su importancia en las letras hispanoamericanas. Y voces como la de Guadalupe «Pita» Amor, muy pocas.
Décimas a Dios fue probablemente su libro más celebrado, el más intimo y con él ya no cabía lugar a duda sobre su talento. Publicaría ocho libros más reafirmando su legado y una rica herencia escrita para la hispanidad, la universalidad de su literatura, el feminismo y la mujer contemporánea.
Pasemos pues, a la esencial relectura de su obra…
Adentro de mi vaga superficie
Adentro de mi vaga superficie
se revuelve un constante movimiento;
es el polvo que todo lo renueva,
destruyendo.
Adentro de la piel que me protege
y de la carne a la que estoy nutriendo,
hay una voz interna que me nombra;
Polvo tenso.
Sé bien que no he escogido la materia
de este cuerpo tenaz, pero indefenso,
arrastro una cadena de cenizas:
polvo eterno.
Tal como yo han pasado las edades,
soportando la lucha de lo interno,
el polvo va tomando sus entrañas
de alimento…
¡Humanidad, del polvo experimento!
Por qué me desprendí
¿Por qué me desprendí de la corriente
misteriosa y eterna en la que estaba
fundida, para ser siempre la esclava
de este cuerpo tenaz e independiente?
¿Por qué me convertí en un ser viviente
que soporta una sangre que es de lava
y la angustiosa oscuridad excava
sabiendo que su audacia es impotente?
¡Cuántas veces pensando en mi materia
consideréme absurda y sin sentido,
farsa de soledad y de miseria,
ridícula criatura del olvido,
máscara sin valor de inútil feria
y eco que no proviene de sonido!
Viejas raíces empolvadas
Son mis viejas raíces empolvadas
la extraña clave de mi cautiverio;
atada estoy al polvo y su misterio,
llevo ajenas esencias ignoradas.
En mis poros están ya señaladas
las cicatrices de un eterno imperio;
el polvo en mí ha marcado su cauterio,
soy víctima de culpas olvidadas.
En polvorienta forma me presiento
y a las nuevas raíces sobresalto
he de legar, con mi angustioso aliento.
Mas conquistando el aire por asalto,
nada tengo que ver con lo que siento,
soy cómplice infeliz de algo más alto.
……..
……..
La aritmética…
La aritmética alarmante
la matemática fría
la distante geografía
el álgebra desquiciante
la alquimia desconcertante
la glacial filosofía
la celeste astronomía
la teología enajenante
el ajedrez silencioso
el dominó misterioso
el deporte de la lumbre,
que es de los juegos la cumbre,
nunca podrán igualar
al deporte de pensar
Mi testamento
En estas líneas que con tinta escribo
te lego Juan de Dios mi testamento,
quede de testimonio documento
la palabra transcrita que transcribo
En estas letras dadas al olvido
infinitas, igual que el firmamento,
dejo mi signo, mi señal, mi acento
y te digo don Juan lo que he vivido
Y te digo don Juan cómo yo he muerto
Lego mis asombrosos abalorios
a la sombra del ávido desierto
y a la misa final de mis velorios
Y mi sangre la dejo al llano abierto
y mi gloria a los cielos transitorios
Ese Cristo…
Ese Cristo tan negro y vengativo
al que debo una deuda prometida,
permanece agónico y con vida
esperando mi tardo donativo
Ese Cristo de sangre fugitivo
prolonga su agonía desmedida
y su sangre está ya comprometida
con su cuerpo sangriento y abatido
Ese Cristo de noche a mí me sigue
y me cobra y me reta y me persigue
y su mirada eterna de agonía
a la luz de mis ojos desafía
Cubierto con un tápalo morado
es testigo de mi íntimo pecado
Me doctoré…
Me doctoré en masoquismos
también en jurisprudencia
me doctoré en la alta ciencia
de fabricar silogismos
y de inventar espejismos
Me doctoré en la vehemencia
de saber que la conciencia
sólo acelera los ismos
Me doctoré en teología
también en melancolía
Me doctoré en letras muertas
también en ciencias inciertas
Me doctoré en el amor
lo practiqué en Do Mayor
Shakespeare
Shakespeare me llamó genial
Lope de Vega, infinita
Calderón, bruja maldita
y Fray Luis la episcopal
Quevedo, grande inmortal
y Góngora la contrita
Sor Juana, monja inaudita
y Bécquer la mayoral
Rubén Darío, la hemorragia;
la hechicera de la magia
Machado, la alucinante
Villaurrutia, enajenante
García Lorca, la grandiosa
y yo me llamé la Diosa
He escrito dos mil sonetos
He escrito dos mil sonetos
y mil novecientas liras,
tengo un vestido de tiras
bordadas, y seis cuartetos
que escribí entre los abetos
En mis luminosos giros
hablé ya de odios y de iras
hablé de amores secretos
hablé de mapas y océanos,
de las palmas de mis manos
de los astros y los ríos
de mis cien mil extravíos
Pero es más lo que he callado
que lo que ya he publicado
Letanía de mis defectos
Soy vanidosa, déspota, blasfema;
soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa;
pero conservo aún la tez de rosa.
La lumbre del infierno a mi me quema.
Es de cristal cortado mi sistema.
Soy ególatra, fría, tumultuosa.
Me quiebro como frágil mariposa.
Yo misma he construido mi anatema.
Soy perversa, malvada, vengativa.
Es prestada mi sangre y fugitiva.
Mis pensamientos son muy taciturnos.
Mis sueños de pecado son nocturnos.
Soy histérica, loca, desquiciada;
pero a la eternidad ya sentenciada.
……..
Retrato de Guadalupe Amor por el maestro Juan Soriano
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.
Te desnudas igual…
Te desnudas igual que si estuvieras sola
y de pronto descubres que estás conmigo.
¡Cómo te quiero entonces
entre las sábanas y el frío!
Te pones a flirtearme como a un desconocido
y yo te hago la corte ceremonioso y tibio.
Pienso que soy tu esposo
y que me engañas conmigo.
¡Y como nos queremos entonces en la risa
de hallarnos solos en el amor prohibido!
(Después, cuando pasó, te tengo miedo
y siento un escalofrío.)
Mi corazón emprende…
Mi corazón emprende
de mi cuerpo a tu cuerpo último viaje.
Retoño de la luz,
agua de las edades que en ti, perdida, nace.
Ven a mi sed. Ahora.
Después de todo. Antes.
Ven a mi larga sed entretenida
en bocas, escasos manantiales.
quiero esa arpa honda que en tu vientre
arrulla niños salvajes.
Quiero esa tensa humedad que te palpita,
esa humedad de agua que te arde.
Mujer, músculo suave.
La piel de un beso entre tus senos
de oscurecido oleaje
me navega en la boca
y mide sangre.
Tú también. Y no es tarde.
Aún podemos morirnos uno en otro:
es tuyo y mío ese lugar de nadie.
Mujer, ternura de odio, antigua madre,
quiero entrar, penetrarte,
veneno, llama, ausencia,
mar amargo y amargo, atravesarte.
Cada célula es hembra, tierra abierta,
agua abierta, cosa que se abre.
Yo nací para entrarte.
Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.
Por conocerte estoy,
grano de angustia en corazón de ave.
Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres
tendrán un hombre encima en todas partes.
Tu cuerpo está a mi lado
Tu cuerpo está a mi lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho se arrepiente
con los ojos cerrados
y yo te miro y fumo
y acaricio tu pelo enamorado.
Esta mortal ternura con que callo
te está abrazando a ti mientras yo tengo
inmóviles mis brazos.
Miro mi cuerpo, el muslo
en que descansa tu cansancio,
tu blando seno oculto y apretado
y el bajo y suave respirar de tu vientre
sin mis labios.
Te digo a media voz
cosas que invento a cada rato
y me pongo de veras triste y solo
y te beso como si fueras tu retrato.
Tú, sin hablar, me miras
y te aprietas a mí y haces tu llanto
sin lágrimas, sin ojos, sin espanto.
Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas
se ponen a escuchar lo que no hablamos.
Te quiero a las diez de la mañana
Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.
Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.
Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?
AGUAS CON CORRIENTES MÚLTIPLES POETAS DEL CARIBE COLOMBIANO NACIDOS EN LAS DÉCADAS DE LOS 80 Y 90 • Parte II
POR WILLIAM JIMÉNEZ¹
Creo que fue Cobo Borda quien dijo que la poesía colombiana se encontraba inédita, pienso más bien que se encuentra en la marginalidad, estado que ha sido sumida por las editoriales, y un círculo cerrado que han establecido los poetas del centro, en ese juego de elogios y aplausos recíprocos del panorama literario, de la juerga mediática, del contrabandeo de dádivas del poder, mejor dicho en la periferia de las regiones, como todo hecho político en este país; es allí donde la poesía que se escribe en los departamentos que conforman la región Caribe de Colombia (Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena, San Andrés y Providencia y Sucre), configura un hecho político entre centro y margen, un radical encuentro de estéticas, recordemos a Verlaine :“El poeta…
¿A que juegas, Marie? —Pregunta la vieja gata callejera— ¿A qué juegan tus dedos de marfil golpeteando la acera? ¿A qué deseo oculto le brillan distraídas las lagunas de tus ojos y le otorgan los suspiros de mujer escapando de tu boca que brotan como rosales en tu campiña francesa imaginaria? ¿A dónde se […]
Rita Sturam Wirkala, escritora argentina residente de la ciudad de Seattle (E.E.U.U.) ha publicado en Los Estados Unidos y en España, donde ha recibido positivas reseñas literarias.
Rita escribe novelas (El encuentro – Las aguas del Kalahari), poesía, ensayos académicos en literatura española y libros de texto. Es traductora de libros de niños, compositora de canciones infantiles, y fundadora de All Bilingual Press. Asimismo, Rita conduce las clases de escritura creativa en español del grupo de escritores hispanos Seattle-Escribe, una serie auspiciada por la Fundación de la Biblioteca Pública de Seattle.
Después de 20 años de enseñanza en la University of Washington, Rita está parcialmente jubilada, y dedica su tiempo a escribir, viajar y cuidar a sus cinco nietos. Sus extensos viajes así como lecturas en diferentes áreas más allá de la literatura (antropología, psicología, filosofía y ciencias) informan e inspiran todo su trabajo.
Su tesis doctoral sobre el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita, refleja asimismo su profundo interés en la rica tradición cuentística medieval.
El sol era joven cuando el fuego hervía
en entrañas rojas de nuevos volcanes;
y el mundo giraba y ardía y bullía
y seguía su elíptica órbita fija,
en roca brutal.
La Tierra era eso: una bola encendida
azotada de rayos, de eléctricos vientos,
sin agua, sin mares, sin ríos, sin vida,
era el tiempo extraño de los elementos
del ser potencial.
Al paso del tiempo las piedras hirvientes
mojadas de lluvias perdieron calor;
crecieron los mares, y el fondo bullente
de un caldo viviente produjo el milagro
en cuna de sal.
Moléculas simples un juego iniciaron:
Cadenas crecientes de sus minerales
tejieron racimos y se combinaron.
Y en el vientre oscuro del mar comenzaron
su danza primal.
¿Tal vez fue el Amor, lo que los unía
para que la vida pudiera mostrarse?
¿Ha sido quizás la Primera Alegría
que tuvo el Planeta en tiempos sin nombre
de andar Primordial?
Primero fue apenas un ser transparente,
redondo, sin centro, unicelular.
Más tarde, un microbio con núcleo incipiente,
y luego bacterias y amebas tomaron
el paso inicial.
Tan pronto la vida explotó inconsciente
y sin los recuerdo de formas pasadas,
cada especie a su forma dejó su simiente.
Poblaron mares. Del mar a la tierra
fue el salto crucial.
La tierra ya era burbuja explosiva
de líquenes, musgos, de lianas y palmas,
Surcaban el cielo alas primitivas
y seres terrestres trazaron sus rutas
en corte nupcial.
Mamíferos chicos y grandes surgieron
y otros, que dicen, de mente especial.
Lémures, simios, macacos vinieron
y otros sin pelo y sin cola nacimos
del mismo ramal.
Por eso yo siento que soy barro tibio,
burbuja de aquella noche elemental;
microbio y gusano y la pata de anfibio
que marcó la arena al salir del mar.
Y soy algo más.
Soy ojos de ciervo y garra del puma,
aguijón de abeja y pies de ciempiés;
soy paja del nido, soy pico, soy pluma,
murciélago, cobra, caballo y mandril.
Pero hay algo más.
Yo llevo en mis huesos la historia del mundo.
Soy todo lo antiguo que en la tierra anduvo;
pero hay algo eterno que brilla profundo,
que fuera del tiempo titila aquí adentro.
Yo soy algo más.
Yo soy algo más.
Asphodele
Búsqueda
…
No busques a Dios en la estatua de yeso
de ojos velados en humo de incienso.
Ni en bellas estampas ni en cruz de un altar,
no importa si es oro o basto metal.
Tampoco lo busques en templos lejanos
o santuarios hechos por humanas manos.
Ni en coro de voces de rica armonía
ni en las cadencias de sus melodías.
Ni en cuevas ocultas o en torres grandiosas
que erigen los hombres a dioses y diosas.
Ni en seres cubiertos de negras sotanas,
o de altos sombreros, o de barbas vanas.
Ni en esos que alegan tratar con misterios,
no importa el rango de sus ministerios.
Ni en el Campo Santo donde al fin reposan
los huesos sin almas en resecas fosas.
Tampoco está Dios en los libros sagrados
de ayer o de hoy o de tiempos pasados.
No busques, en fin, en mundano sistema
de dogma, doctrina, ritual o emblema.
Búscalo, sí, en la gran geometría
del cosmos y el átomo y su simetría.
O aún más Allá, en la Causa Primera,
que engendra la luz de galaxias enteras.
O en la fuerza ignota que anima, constante,
a un universo que cambia y se expande.
O en el bien templado consonante acorde
del Cosmos entero, aparente desorden.
Pues Ello resuena en el exquisito
cantar de los astros, el himno infinito,
luego y antes de aquel Primer Acto
que dio a las estrellas el tácito pacto.
Búscalo, al fin, en la forma sin forma
del raro vislumbre que a tu Ser transforma.
Y del Rostro Inefable verás un reflejo,
puliendo tu alma hasta ser Su Espejo.
Une ombre respirante
Subjetividad
…
De opacidad e inconsistencia
están hechos
los sueños y recuerdos.
La indiscutible realidad
se resquebraja
en su móbil espejo en la consciencia:
porque ella muda el diseño,
y otro nuevo
va escogiendo en cuanto danza.
De luces y de sombras
se alimentan
eventos y memorias.
La irrefutable realidad
se desintegra
y la mente recombina la materia:
Y así se escriben las historias
y se alteram las vivencias.
L’Amour sans condition
Menino bahiano (DE BRASIL)
I
El niño dibujo en la arena y espera,
y piensa en la cesta de peces dormidos
que trae en la barca su padre.
El oro escarlata en la brillante esfera
se ha vuelto ceniza y descolorido,
y un viento de hielo lo barre.
El cielo se cubre de nubes pesadas
y en el horizonte, que era acuarela,
ahora no hay hombres ni barcas.
El mar turbulento en la tarde cerrada
no deja en la costa ni redes ni velas,
apenas un niño que aguarda.
II
─Pescador: tú que sabes del bello trabajo
de hablar con los peces en el altamar.
¿Has visto a mi padre pescar?
─No, no he visto a tu padre pescar.
─Caracol, dulce amigo, que vives abajo
y ves a los barcos encima flotar:
¿Tú has visto a mi padre pasar?
─No, no he visto a tu padre pasar.
─Yemanyá, diosa hermosa: tú eres quien trajo
las aguas del río a llenar la mar.
¿Lo has visto tal vez naufragar?
─Pues sí, pues no… déjame recordar…
III
De pronto y sin causa el mar se serena.
El niño dibuja en la orilla y espera,
y piensa en los peces durmiendo.
Las olas arrojan la barca a la arena,
y el hombre, temblando y cargando la cesta,
le dice a su hijo, sonriendo:
─Ya ves, he venido. Ve y dile a tu madre
que ya he traído la cena.