Mis lunas de Octubre.

A veces, mis ojos se hacen grandes como dos lunas y lo quieren absorber todo y todo pareciera caberles dentro. Rayan el viento con sus pestañas a cada parpadeo y mis cejas se alzan desdeñosas como piernas de bailarina, mi nariz se respinga mística, los volcanes debajo de mis pómulos explotan y mis labios se muerden sedientos de miel, hambrientos de calor y de otros labios. A ratos me olvido de los monstruos inventados y fantasmas de casonas ajenas, entonces mi espalda se alarga arqueándose ambiciosa, mis caderas se vuelven promiscuas danzantes y desafiantes mis piernas de alabastro rompen miedos a cada paso. A noches no me reconozco y prefiero no hacerlo, solo quiero dejarme llevar por el súbito impulso burbujeante que me embriaga. A instantes mis lunas se vuelven tan inquietas, que rebuscan curiosas como faros entre calles, bares y mares de otras lunas el mutuo deseo. Nada me perturba pero todo me seduce, me corrompe y me reduce a un acertijo final buscando ser descifrado solo al amparo de otras sábanas.
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 Por eso; cuando veas mis lunas iluminarse así, como cometas chispeantes y redondos de secretos, como si fuera octubre a mitad de mayo y toda mi piel de primavera cupiera en una hoja seca de otoño, no desvíes ni por un instante la mirada, sostenla firme, desafiándome, muérdete los labios y llévame contigo, porque esa será la única noche en que yo… te pertenezca.
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La pila de agua

En el penumbroso traspatio, después de lavar la ropa esa noche de verano a las 3 de la mañana, el mezcal, la mujer y la luna, en encuentro improvisado, tienen como testigo a la enorme higuera que da sombra al lavadero y a la refrescante y pintada de azul pila de agua. En una mano con el abanico abierto soplando directo al pecho, ya con el agua entallando su cintura en la pila, con sudor que pone brillo a la fantasiosa cara, el refajo que la viste al remojarse trasluce las historias que su ensanchado cuerpo guarda. Mira hacia arriba a buscar la luna, al encontrar su luz celeste le dice, “‘eres bella igual que vieja”. Se desata el pelo y sonríe y la punta de su barba pone en alto, el cuello para atrás estira y su larga cabellera flota en la orilla de la pila. Con la botella de mezcal en la otra mano voltea de reojo a un lado, se le antojan los morados frutos de la higuera pero no puede alcanzarlos sin salirse de la frescura del agua.

Esta noche como nunca se propuso recordar a los hombres que ha amado. Suelta el abanico y le sorbe a la botella, vierte los restos del mezcal en el agua, brinda sus calores y el insomnio de señora, bebe por los amores que fueron y por aquel que le dijo que no, suspira. Esa noche de verano a las 3 de la mañana nada cambiaría ella por esa inquietud en su alma y se sumerge completa, en la pila se revuelve el mezcal, el sudor y el agua, esa poción iluminada por un buen rayo de luna y en esa precisa hora se convierte en mágica, resurge aún más brillosa y le agrandan las ganas no solo por los dulces frutos, sino porque aquel que le dijo que no, saliera de entre la higuera, le trajera a probar los higos y la acompañara a bañarse ahí, en lo azul de la pila de agua.

Escrito por… Amparo Amezquita

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