La pequeña Marie

  ¿A que juegas, Marie? —Pregunta la vieja gata callejera— ¿A qué juegan tus dedos de marfil golpeteando la acera? ¿A qué deseo oculto le brillan distraídas las lagunas de tus ojos y le otorgan los suspiros de mujer escapando de tu boca que brotan como rosales en tu campiña francesa imaginaria?  ¿A dónde se […]

El monólogo de Carlota, primer episodio de Noticias del Imperio – Fernando del Paso

 Uno de los momentos cumbres de la literatura mexicana acontece con Noticias del Imperio, indudablemente la obra magna del escritor Fernando del Paso, que de entre un cúmulo de distinciones destaca el Premio Cervantes 2016. Transcurría el año de 1987 cuando después de 10 años de investigación, el ya célebre autor publicara la que se convertiría «según un jurado […]

He aquí un cuento nostálgico… Disfruten!

Con las dos manos rodeando la taza blanca, sueña que ese café se vuelve un elixir que lo libre de las lánguidas penas llenas de resoplidos inútiles y que lo transporte a ese otro mundo de la tele donde la gente es feliz y ella le sonríe en carne y hueso. Hoy, que…

a través de Destellos — Seattle Escribe

Incertidumbre

El futuro -según noticias del Olimpo- no será nunca más predecible. Es incierto -anuncian fósiles del siglo XX-, inestable, inseguro, perverso, arrogante, narcisista, nebuloso y mortal. El futuro sigue ahora el sinuoso camino de la serpiente, pero sin dejar huella. Mágico, impaciente, confuso, hiperbólico, surrealista, rayando en la fantasía, la mítica, se mejora día tras día -sugieren los posmodernos-, avanza y retrocede. Es la realidad divisada a través de cortinas de pequeños espejos, de lentejuelas, de simple humo. El futuro ahora se diluye en verso libre, en la lírica de sus acciones… se vuelve ficción.

   El relato no ha muerto – auguran los entusiastas-, solo nos falta memoria.

 


 

 

Una carta que ha trascendido a través del tiempo y nos invita a la reflexión

En 1854, Franklin Pierce, “el Gran Jefe de Washington”, hizo una oferta por una gran extensión de tierras indias, prometiendo crear una “reserva” para el pueblo indígena. La respuesta del Jefe Seattle, publicada según una versión que se atribuye al guionista americano Ted Perry, más allá de su extraordinaria belleza, se ha convertido… a través de […]

¡Invitados todos!

SEATTLE ESCRIBE abre este espacio a todo aquel que guste escribir y quiera ver su obra publicada en nuestra página. La forma de colaborar es muy sencilla, solo envíanos a través de medios @seattleescribe.org tu escrito junto a tus datos (nombre y lugar de residencia) y la palabra “Convocatoria” en el asunto. . Bases: 1) Los formatos aceptados serán WORD…

a través de ¡CONVOCATORIA! — SEATTLE ESCRIBE

Relatos de mis múltiples infancias – Nunca te fuiste

Capítulo 2 – NUNCA TE FUISTE

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A mi padre

Un día cuatro de enero de aproximadamente 10 años murió Julian –mi padre– del cual guardo pocos recuerdos, según yo ninguno bueno. Recuerdo, por ejemplo; una mañana de mi niñez a mi abuela levantándome con prisas advirtiéndome que papá había llegado para llevarme al cine ¡al cine! entonces feliz y veloz me levanté para vestirme de inmediato, pero al salir de la recamara lo vi a él —a Julian— parado en la sala esperándome como la más fría de las columnas, y revivo mi tristeza, mi decepción porque a quién yo esperaba realmente era a papá Alfonso, el hombre que me había educado como a un hijo desde que Julian nos abandonó. La confusión de la abuela me supo amarga. Recuerdo que ese día me llevo al cine y a comer como lo prometido, y también que pase una tarde por de más extraña, deseando a cada minuto que terminara. Nada me ataba ya a él, nada en su voz me era familiar, ya no éramos padre e hijo y después de tan desafortunada tarde no volví a saber de él en años, como de costumbre. Julian se convirtió así en un recuerdo difuso, áspero, una imagen vaga que no coincidía en mi historia, la foto enmohecida en un álbum de recuerdos. Y aún parecen vivir lucidas en mi memoria las ultimas veces que lo escuché  —varios años después— cuando vivíamos de punta a punta, yo en Los Cabos y él en Cancún.  Al principio Julian buscaba conversación pero yo propiciaba no hablar con él más de lo necesario, era tan raro escucharlo llamarme <hijo>. Las últimas veces solo lo saludaba con la debida cortesía para pasarle rápidamente el teléfono a mi tía —su hermana— con quien yo vivía en los tiempos relatados. Para aquel entonces todos sabíamos que sufría una intensa depresión y que incluso había atentado contra su vida en varias ocasiones. Su voz se escuchaba pausada, melancólica, como arrastrando en cada frase el peso de su tristeza, pero a mí ello poco me importaba, lo más que podría sentir por él era lástima. Creo que él presentía su final y a los pocos días recibí una última llamada… estaba muerto.

Es curioso como el tiempo cambia las perspectivas, y al hombre que un día odié por no recibir de él más que indiferencia, hoy le agradezco con la humildad que «no me caracteriza» parte de lo que soy. A veces, me descubro viéndolo en el reflejo de mi espejo y me doy cuenta que de él guardo más de lo que hubiese imaginado y peor aún, de lo que yo hubiese querido admitir. Que más allá de un parecido físico se esconden miedos, fortalezas, debilidades, talentos y sueños compartidos. Entonces creo entenderlo, creo reconocer sus fantasmas, sus razones, lo compadezco y me compadezco a mí por juzgarlo, por odiarlo, por no buscarlo cuando quise y quisiera entonces sentir sus manos, abrazarlo, exigirle a gritos un “por qué” y entregarle sin explicaciones un “te perdono”. Decirle que el vive en mí aunque yo no quiera y que a través de mí vivirá en mi descendencia, en mi memoria y en mis letras.

Hoy, su imagen no me parece tan difusa, ya no me resulta extraño llamarle «padre», hoy mi historia con él ya no duele tanto y la integro —nuestra historia— al rompecabezas de mi vida como la más inevitable y necesaria lección. Pero la vida vaya que se empeña en sorprenderme todavía y así, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre nació a travez de su muerte, con los libros que me dejó como herencia ¡Una total sorpresa! Una herencia que no esperaba como nunca espere nada de él. Tal vez su intuición se lo dictó, tal vez me conocía más de lo que yo alguna vez pensé, tal vez fue el peso de la sangre o una relación cósmica, tal vez es solo mi imaginación, un deseo oculto, un dulce y necesario auto-engaño, un perdón a destiempo, tal vez…

…..

Aún guardo conmigo los libros que me diste 

junto a todos los abrazos y besos negados,

guardo en años de recuerdos tus ausencias,

el impulso de tus sueños

y el peso de tus fracasos.

Guardo con mi madre todas tus caricias,

 la protección de tus brazos en los de mi hermano,

todavía tengo de ti, papá

el mismo pelo negro, salvaje y ondulado

el mismo diente chueco, tu reflejo en mis espejos, 

tengo tu altives

y el egoísmo de tus actos.

Aún guardo el tono de tu piel en la mía

y el apellido que me diste sin usarlo,

todo el amor que no te di, todo el calor de mis manos

y en mi memoria

tristes aún habitan tus ojos,

tristes aún resuenan las voces del naufragio.

En un cajón del ropero viejo de mi infancia 

guardo celoso las risas y los llantos

  y nuestras mejores fotos juntos, 

extraviadas

en un tiempo que solo existe entre memorias inventadas

y nostalgias del pasado.

…..

Tú, me debes un padre y yo aún te guardo un hijo.

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Obra pictórica del maestro Pablo Picasso (periodo rosa).

Capítulos anteriores  ⇓

https://milenguanativa.com/2019/05/14/relatos-de-mis-multiples-infancias/

https://milenguanativa.com/2019/07/03/relatos-de-mis-multiples-infancias-2/

https://milenguanativa.com/2017/08/20/el-refugio/

Yo soy algo más y otros poemas de Rita Sturam Wirkala – Poesía Argentina


Rita Sturam Wirkala, escritora argentina residente de la ciudad de Seattle (E.E.U.U.) ha publicado en Los Estados Unidos y en España, donde ha recibido positivas reseñas literarias.

Rita escribe novelas (El encuentro – Las aguas del Kalahari), poesía, ensayos académicos en literatura española y libros de texto. Es traductora de libros de niños, compositora de canciones infantiles, y fundadora de All Bilingual Press. Asimismo, Rita conduce las clases de escritura creativa en español del grupo de escritores hispanos Seattle-Escribe, una serie auspiciada por la Fundación de la Biblioteca Pública de Seattle.

Después de 20 años de enseñanza en la University of Washington, Rita está parcialmente jubilada, y dedica su tiempo a escribir, viajar y cuidar a sus  cinco nietos. Sus extensos viajes así como lecturas en diferentes áreas más allá de la literatura (antropología, psicología, filosofía y ciencias) informan e inspiran todo su trabajo.

Su tesis doctoral sobre el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita, refleja asimismo su profundo interés en la rica tradición cuentística medieval.

https://ritasturamwirkala.com/


 

Yo soy algo más 

El sol era joven cuando el fuego hervía
en entrañas rojas de nuevos volcanes;
y el mundo giraba y ardía y bullía
y seguía su elíptica órbita fija,
en roca brutal.

La Tierra era eso: una bola encendida
azotada de rayos, de eléctricos vientos,
sin agua, sin mares, sin ríos, sin vida,
era el tiempo extraño de los elementos
del ser potencial.

Al paso del tiempo las piedras hirvientes
mojadas de lluvias perdieron calor;
crecieron los mares, y el fondo bullente
de un caldo viviente produjo el milagro
en cuna de sal.

Moléculas simples un juego iniciaron:
Cadenas crecientes de sus minerales
tejieron racimos y se combinaron.
Y en el vientre oscuro del mar comenzaron
su danza primal.

¿Tal vez fue el Amor, lo que los unía
para que la vida pudiera mostrarse?
¿Ha sido quizás la Primera Alegría
que tuvo el Planeta en tiempos sin nombre
de andar Primordial?

Primero fue apenas un ser transparente,
redondo, sin centro, unicelular.
Más tarde, un microbio con núcleo incipiente,
y luego bacterias y amebas tomaron
el paso inicial.

Tan pronto la vida explotó inconsciente
y sin los recuerdo de formas pasadas,
cada especie a su forma dejó su simiente.
Poblaron mares. Del mar a la tierra
fue el salto crucial.

La tierra ya era burbuja explosiva
de líquenes, musgos, de lianas y palmas,
Surcaban el cielo alas primitivas
y seres terrestres trazaron sus rutas
en corte nupcial.

Mamíferos chicos y grandes surgieron
y otros, que dicen, de mente especial.
Lémures, simios, macacos vinieron
y otros sin pelo y sin cola nacimos
del mismo ramal.

Por eso yo siento que soy barro tibio,
burbuja de aquella noche elemental;
microbio y gusano y la pata de anfibio
que marcó la arena al salir del mar.
Y soy algo más.

Soy ojos de ciervo y garra del puma,
aguijón de abeja y pies de ciempiés;
soy paja del nido, soy pico, soy pluma,
murciélago, cobra, caballo y mandril.
Pero hay algo más.

Yo llevo en mis huesos la historia del mundo.
Soy todo lo antiguo que en la tierra anduvo;
pero hay algo eterno que brilla profundo,
que fuera del tiempo titila aquí adentro.
Yo soy algo más.
Yo soy algo más.

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Asphodele

 

Búsqueda

No busques a Dios en la estatua de yeso

de ojos velados en humo de incienso.

Ni en bellas estampas ni en cruz de un altar,

no importa si es oro o basto metal.

 

Tampoco lo busques en templos lejanos

o santuarios hechos por humanas manos.

Ni en coro de voces de rica armonía

ni en las cadencias de sus melodías.

 

Ni en cuevas ocultas o en torres grandiosas

que erigen los hombres a dioses y diosas.

Ni en seres cubiertos de negras sotanas,

o de altos sombreros, o de barbas vanas.

 

Ni en esos que alegan tratar con misterios,

no importa el rango de sus ministerios.

Ni en el Campo Santo donde al fin reposan

los huesos sin almas en resecas fosas.

 

Tampoco está Dios en los libros sagrados

de ayer o de hoy o de tiempos pasados.

No busques, en fin, en mundano sistema

de dogma, doctrina, ritual o emblema.

 

Búscalo, sí, en la gran geometría

del cosmos y el átomo y su simetría.

O aún más Allá, en la Causa Primera,

que engendra la luz de galaxias enteras.

 

O en la fuerza ignota que anima, constante,

a un universo que cambia y se expande.

O en el bien templado consonante acorde

del Cosmos entero, aparente desorden.

 

Pues Ello resuena en el exquisito

cantar de los astros, el himno infinito,

luego y antes de aquel Primer Acto

que dio a las estrellas el tácito pacto.

 

Búscalo, al fin, en la forma sin forma

del raro vislumbre que a tu Ser transforma.

Y del Rostro Inefable verás un reflejo,

puliendo tu alma hasta ser Su Espejo.

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Une ombre respirante

 

Subjetividad

De opacidad e inconsistencia    

están hechos

los sueños y recuerdos.          

 

La indiscutible realidad

se resquebraja

en su móbil espejo en la consciencia:       

 

porque ella muda el diseño,

y otro nuevo

va escogiendo en cuanto danza.

 

De luces y de sombras

se alimentan

eventos y memorias.

 

La irrefutable realidad

se desintegra

y la mente recombina la materia:          

 

Y así se escriben las historias

y  se alteram las vivencias.

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L’Amour sans condition

 

Menino bahiano (DE BRASIL)

I

El niño dibujo en la arena y espera,
y piensa en la cesta de peces dormidos
que trae en la barca su padre.

El oro escarlata en la brillante esfera
se ha vuelto ceniza y descolorido,
y un viento de hielo lo barre.

El cielo se cubre de nubes pesadas
y en el horizonte, que era acuarela,
ahora no hay hombres ni barcas.

El mar turbulento en la tarde cerrada
no deja en la costa ni redes ni velas,
apenas un niño que aguarda.

II

─Pescador: tú que sabes del bello trabajo
de hablar con los peces en el altamar.
¿Has visto a mi padre pescar?
─No, no he visto a tu padre pescar.

─Caracol, dulce amigo, que vives abajo
y ves a los barcos encima flotar:
¿Tú has visto a mi padre pasar?
─No, no he visto a tu padre pasar.

─Yemanyá, diosa hermosa: tú eres quien trajo
las aguas del río a llenar la mar.
¿Lo has visto tal vez naufragar?
─Pues sí, pues no… déjame recordar…

III

De pronto y sin causa el mar se serena.
El niño dibuja en la orilla y espera,
y piensa en los peces durmiendo.

Las olas arrojan la barca a la arena,
y el hombre, temblando y cargando la cesta,
le dice a su hijo, sonriendo:

─Ya ves, he venido. Ve y dile a tu madre
que ya he traído la cena.

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Eclipse of the Moon

Obra pictórica – Leonor Fini

Premiación y presentación de la primera antología «PUENTES», por el grupo de escritores Seattle-Escribe.

 

12 de Noviembre del 2017 fué el día de la cita en el cual se congregaron los ganadores, miembros e invitados en general ha celebrar la primera antología del grupo de escritores hispanos Seattle∼Escribe. Un grupo que ha logrado consumarse como el mas grande del estado de Washington y cuya base ha sido desde su fundación la biblioteca central de la ciudad de Seattle.

La convocatoria lanzada meses atrás por la mesa directiva de la organización y el consulado de México invitaba a los residentes del estado a realizar un escrito para el primer certamen literario en español, bajo el tema «Puentes», el cual podría ser desarrollado en poesía, cuento o ensayo.

Al final, 40 serían los escritos seleccionados para formar parte de la antología y de entre los cuales destacarían 10 como primeros lugares. El jurado se conformo por la poeta cívica de Seattle Claudia Castro Luna, nacida en El Salvador y autora del libro This City, y recientemente nombrada Poeta laureada del estado de Washington 2018∼2020 por el Humanities Washington and the Washington State Arts Commission (ArtsWA). De igual forma el escritor de origen español José Ovejero, ganador del premio Alfaguara de novela 2013 con su obra La invención del amor y el premio Primavera 2005 por Las vidas ajenas. Por ultimo y no menos destacable la doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y catedrática de Lengua Española y Literatura Josefa Báez∼Ramos, Ganadora del premio ProLingua Award (2006, WAFLT), The 2008 Outstanding Contribution to the Teaching of World Languages in the Pacific Northwest Award (PNCFL) y el Continued Distinguished Services Certificate (2008, WAFLT).

 

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Los Orgullosos ganadores

 

Los primeros 10 ganadores!

 

1.∼ Leonardo Alfredo Mérida Mejía : Debajo del puente

2.∼ Verónica Luongo : Esperanza

3.∼ Gloria Storani : Delia y yo

4.∼ Jorge Chávez Martínez : Puentes y vacios

5.∼ Linda Glenicki : El acuerdo tácito

6.∼ Dalia J. Maxum : Serpientes y escaleras

7.∼ Anna Witte : Los usos de un puente

8.∼ Kenneth Martínez Martínez : Jorsala

9.∼ Carolina Nieto Ruiz : La llegada de Aurora

10.∼ Amparo Amezquita : Yo, el puente

 

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Adriana Estrada-Bataille, Moises J. Himmelfarb, Elena Camarillo, Enmanuel R. Arjona, Nora Girón-Dolce y Barbara rodríguez

 

Cabe destacar el enorme apoyo de los miembros de la mesa directiva, el comité de organización del evento, el consulado de México en Seattle a travez del consul, el doctor Roberto Dondisch y el agregado cultural Moises J. Himmelfarb, quién fungió como maestro de ceremonia. Así como de Marcela Calderon Vodall representante de la Seattle Public Library, Teresa Luengo∼Cid representante del King County Library System, Molly Woolbright representante de Hugo House, de las asesoras Rita Wirkala, María Guillman, Jacque Larrainzar, Ruth Darnell, Guadalupe Carmona y los diversos medios de comunicación que participaron en la difución de la convocatoria y el evento.

Por último, es importante destacar la participación del pintor mexicano Fulgencio Lazo, quién ha expuesto tanto individual como colectivamente en los Estados Unidos, Japón, China, Francia y México, egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UNBJO) y del Cornish College of the Arts en la ciudad de Seattle y cuyas obras ilustran la portada y los escritos ganadores de la antología.

 

 

Seattle∼Escribe es un grupo que se consolida como una organización de influencia en la vida artistica y cultural del estado de Washington. Sus miembros (cercanos a los 100) se destacan en diferentes disciplinas que van desde la vida académica y diversas organizaciones hispanas hasta la música, pintura, danza, teatro entre muchas otras. De esta forma Seattle∼Escribe usa el Español mas allá de la herramienta básica de comunicación y lo transforma en un puente didáctico necesario para entrelazar historias, culturas, visiones, ideas y toda la enorme diversidad étnica que coexiste en los Estados Unidos de América.

 

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Biblioteca Central de Seattle, Washington

 

Café de Olla

Un estridente sonido me despierta de repente; la alarma, que siempre resuena a la misma hora para avisarme —como si no lo supiera— que tengo que alistarme para ir a trabajar, pero hoy es diferente, un día particular. Me levanto del viejo sillón en el que estuve recostado horas desde que regrese a casa del hospital, la vista se me nubla y un leve pero punzante dolor de cabeza me atraviesa de repente, entonces lo recuerdo todo, aquello que me ha mantenido despierto desde la noche anterior y que aún no logro asimilar, fue tan súbito que parecía, pero no lo era… un sueño.

Me dirijo lento a la cocina y abro el primer gabinete de en medio, ella siempre la guardaba ahí y ayer no fue la excepción; ahí estaba, guardada en rajas dentro de un frasco de cristal. Abro el otro gabinete, el de la esquina para buscar entre los frascos de especias, pero entonces un recuerdo en forma de espasmo redondo se atora en mi garganta y me ahoga por un segundo, exhalo lentamente cerrando los ojos y un suspiro brota amargo de mi boca.

—Tengo que seguir.

Busco desesperado entre los pequeños frascos pero no logro encontrar nada, sigo buscando y mi respiración se agita.

—¡Que tonto!

El frasco con los clavos de olor estaban justo enfrente de mi. Entonces me agacho para buscar la bolsa con los conos de piloncillos que doña Mary, su comadre, le había enviado desde México apenas la semana pasada.

Creo que ya tengo todo —pienso.

Volteo hacia atrás buscando la olla de barro que ella siempre ponía entre el fregadero y el horno de microondas, ahí, donde tercamente pegó —aun en contra de la voluntad del arrendador— un marco con pequeños mosaicos de talavera para que, según ella, la olla de orgulloso barro de San Pedro Tecomatepec se luciera. Es tan difícil verla sin que mi corazón se estruje. La tomo con cuidado, como sintiendo su regaño detrás mío advirtiéndome lo que me pasaría si la tiro, vierto agua en la olla hasta la mitad, tal vez era demasiada pero mis manos estaban ya acostumbradas a la misma porción diaria y como contrariarlas en un momento así, y mi corazón se estruja más. Pongo la olla en la estufa a fuego alto, echo adentro un cono de piloncillo, dos clavos de olor y cinco rajitas de canela,

—A ella le gustaba dulce.

Busco en el cajón de los cubiertos la cuchara de madera, regalo de la abuela, para menearle despacito, y espero impaciente recargado sobre el fregadero con la vista fija en la olla y un rostro duro como el propio barro; aún me cuesta asimilarlo.

Diez minutos fueron suficientes para que una vida de recuerdos pasaran ante una mirada absorta. Nada en mi cuerpo estaba crédulo y todo en mí la empezaba a extrañar. De pronto mis ojos se humedecen pero un fuerte olor me distrae y asomo para ver el agua que empieza a hervir, entonces meto rápido la cuchara para revolver la mezcla, reduzco a fuego lento y hecho media taza de café recién molido «del bueno» y sigo batiendo.

Cinco minutos más y ya —recordé en voz alta.

Entonces la casa entera se llena de un dulce olor a canela y mi corazón en un hondo respiro se infla de nuevo, pequeña señal de recuperación de un día colosal que me aplastaba. Sigo batiendo y con la otra mano busco una taza.

—Ya casi esta listo.

Apago el fuego y pongo la olla en la meseta junto a la taza y un colador encima, nunca me gusto sentir los residuos del café en el paladar, sirvo lentamente y el vapor me envuelve en una abrazo de consuelo, tomo la taza con las dos manos y me dirijo de nuevo al viejo sillón; sorbo un poco, -está caliente- sorbo otro poco, -y tan dulce- que mis ojos se vuelven dos lunas gigantes cristalinas desbordadas en llanto sorpresivo, de ese que fluye gutural de la garganta y no cesa, de ese que no llega a grito por que un dolor desgarránte lo deforma en plena huida, como lumbre azul que brota pesado por la boca seca.

Era el momento de aceptarlo. Esa madrugada ella había emprendido el viaje y sus manos calientes ya no estarían en mi rostro nunca más, ni su voz de pájaro ni su pelo de plata. Se uniría a partir de ahora su retrato al altar de cada noviembre y mis besos para ella serían de pan y azúcar, de mezcal, café de olla y hondos recuerdos. 

—Te hubiera gustado el café de hoy… mamá. 

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Ternura – Oswaldo Guayasamín